A diez años de O Acevo

A veces, Toru Arakawa tiene que salir a llorar. Suele ocurrir cuando aparecen los primeros restos. Todos -el equipo de fosa, el público- estallan en aplausos de emoción pero él, buen nipón de pura cepa, se retira en silencio y llora. No lo hace por vergüenza. Es su forma de rendir homenaje, de presentar sus respetos a los hombres y mujeres que ha venido desde Japón a ayudar a desenterrar. Solo él entiende por qué. Achina los ojos, aunque suene redundante, y presta extrema atención a los pausados movimientos de los arqueólogos; le parece magia cómo el hueso sale a la luz a base de pinceladas sobre la tierra; se enfada; Toru se enfada porque no entiende por qué seguimos así aquí, en España. Y que nadie se atreva a juzgarle por ello, herido en su pundonor de patriotismo mal entendido, porque Toru Arakawa sabe más de España que usted y que yo juntos. Quizás el verbo más apropiado no sea ese. Quizás el verbo más apropiado sea que entiende España. Y ojo que aprendió español tras la jubilación, leyendo Manolito Gafotas, pero la entiende. Es septiembre de 2007 y Toru está ahí, con los ojos húmedos, eternamente de cuclillas, observando sin hablar. Bajo el diluvio universal. Llueve en El Acebo y él podría irse a descansar; es casi anciano, todos lo entenderían. Pero se queda.

Foto: Eloy Alonso

Toru tenía un corazón tan grande que acabó por rompérsele en pedazos. En silencio, como todo en él. Murió en 2009, un par de años después de haber asistido a la exhumación del Alto del Acebo, entre Galicia y Asturias. Ha pasado una década desde que los hombres del comandante Moreno descansan en paz en el cementerio de A Fonsagrada gracias al empeño de la ARMH, formada por personas con un corazón que no le va a la zaga al de Toru que ya no está. Setenta años después de su asesinato, los hombres del Batallón Galicia –José Moreno, Jaime Machicado, Maximino  Martínez, Odilio Masid, Luis Rafael Villar, Manuel Bugallo, Manuel Ramos, Jesús Martínez, Emilio Novás– recuperaron su nombre y su historia tras sendos procesos de investigación y exhumación que compitieron el uno con el otro por ver cuál era más difícil, cuál era capaz de levantar más dolores de cabeza entre los voluntarios de la ARMH. El asturiano: Luismi Cuervo. Los gallegos: Carmen García-Rodeja y su incansable equipo. Andrés Crespo, que murió al poco. Javier Ortiz, el arqueólogo. Toru. Unos con sus ojos y otros con sus manos, reconstruyeron la historia del Batallón Galicia para que luego otros la pusiéramos negro sobre blanco, para ayudarnos a no olvidar.

Pues vamos allá: fue el 29 de octubre del 37, otoño. En una noche tan desapacible como lo fue el día, setenta años después, en el que Toru lloró por ellos. El Frente Norte había caído y los hombres del Batallón Galicia intentaban llegar, a buen ritmo, a A Coruña. Allí les esperaba un barco fletado por la CNT, rumbo a Francia. Pero los falangistas les encontraron en El Acebo. Esa noche murieron nueve y escaparon cinco. La suerte no estaría con ellos mucho tiempo. Estaban todos ahí, al lado de la AS-28, muy cerca los unos de los otros:  nunca lo olvidaron los hermanos Fernández, obligados a excavar las fosas para enterrar los cadáveres siendo apenas dos críos de doce años.

Los trabajos arqueológicos comenzaron en agosto y supusieron todo un ‘boom’ mediático en una Asturies que, aun hoy, sigue llena de cientos de fosas olvidadas, como picaduras de viruelas: vergonzantes, dolorosas. Allí, en El Acebo, se recuperaron catorce cuerpos. Tres menos de los que dice la coplilla popular:

En el pueblo de Acebo/ pueblo de pocos amigos/ donde matan a los hombres/ después de tantos martirios (…) Como ya están enterados/ en ese pueblo de Acebo/ mataron a dieciséis/ y el comandante Moreno (…)

La tierra, muy ácida, había comenzado a comerse los restos cuando los voluntarios de la ARMH consiguieron recuperarlos, regresarlos, como por aquel entonces muy oportunamente Carmen García-Rodeja, responsable de la exhumación, dijo, parafraseando a Hernández. ¿Saben que la coplilla sigue? Ahí permanecen, en la memoria de los más viejos de A Fonsagrada, los últimos versos:

El comandante Moreno/ hombre honrado y valiente/ en los montes del Acebo/ ahí le disteis la muerte./ Falanges de Fonsagrada/ no podréis subir al cielo/ porque allí esta de portero/ el comandante Moreno..

… y, ahora, además, le acompañan Andrés y Toru. Miren: ¿saben lo más curioso? Yo, la que suscribe, no les conocí nunca. Andaba, por aquel entonces, viviendo en Madrid, lejos de Asturies. A Toru me lo contaron, como a él le contaron, sin que mediara relación alguna, el sindiós de un país que aún tiene a muchos muertos, muchos, en las cunetas. Cuando es que se conservan, claro. Me dijeron que a veces Toru tenía que salir a llorar. Que solía ocurrir al aparecer los primeros restos.

Y así es que se hace Memoria. Y así es que se hace la Historia.

Y que vivimos.

Este fin de semana estaremos de aniversario. ¡Nos vemos en A Fonsagrada!

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