Madre rica, madre pobre. El caso Bobby Dunbar (1912)

El mal llamado lago Swayze, en Luisiana, no parece un lugar demasiado agradable como para pasar una tarde en familia. Cenagoso y oscuro, sus aguas macabramente estáticas parecen esconder muchos secretos, como, efectivamente, los guardan. Desde lo más recóndito del pantano, miles de ojos contemplarán al paseante desde todo punto y perspectiva: cientos de caimanes, escurridizos y silenciosos, pueblan cada rincón. Son animales huraños, acostumbrados a considerar al ser humano su enemigo: durante siglos, el hombre ha ido en su búsqueda para disfrutar de su apreciadísima carne, baja en grasas y cuentan que muy sabrosa, hasta el punto de hacerla uno de los ingredientes típicos de la cocina criolla. Así que saben esconderse. Y también matar.

La familia Dunbar, antes de la desaparición de Bobby (a la izquierda de la imagen, apoyado en el coche)

Estamos en el año 1912. Es 23 de agosto y los Dunbar, opulenta familia -y de las pocas de piel blanca- de Opelousas, han salido a pescar al Swayne. Lessie y Percy Dunbar son un matrimonio joven y feliz, con dos críos pequeños. Bobby, el mayor, ya corretea a su libre albedrío; a Alonzo, con apenas tres años, le cuesta algo más mantener el equilibrio. Aquella tarde, todo ocurre en un segundo: en lo que tarda un pestañeo, Bobby ha desaparecido. Sin dejar rastro.  La vida de los Dunbar acaba de dar un giro de 180 grados y nada, tampoco el estado de Louisiana, volverá a ser el mismo.

Ocho meses de angustia

De nada sirvió la investigación policial. La desaparición de Bobby Dunbar se convirtió pronto en uno de los casos más mediáticos que se hubieran conocido nunca antes en Estados Unidos y las autoridades no escatimaron en medios para ayudar a la desesperada familia. Al menos, a encontrar el cadáver del niño, a quien se dio por muerto desde el primer momento. Se tiraron explosivos al fondo del pantano, con la esperanza de revolver el lodo de su interior y, quizás, poder enviar a la superficie el cuerpo, si es que este había caído, o lo habían arrastrado, al fondo. Se cazaron decenas de caimanes, los más hermosos del Swayze, y se les abrió en canal por si en sus entrañas estuviera lo que quedase del pequeño Bobby.

Nada funcionó. Con el trabajo de los agentes en entredicho y una opinión pública cada vez más contraria a una justicia, en ese proceso de presión colectiva que no acepta el que a veces, sencillamente, no se encuentra una respuesta porque es imposible hallarla, el tiempo fue pasando. Se cumplió un mes sin Bobby, dos, tres. Llegó el otoño, y el invierno; y, a la primavera, se obró el milagro. A casi trescientos kilómetros del Swayze, en Columbia (Mississipi), el niño apareció vivo.

Versiones contrapuestas

Lo tenía secuestrado un vendedor ambulante y mecánico ocasional de pianos y órganos. En abril de 1913, WIlliam Cantwell Walters fue arrestado por las autoridades tras haber sido visto paseando con un niño de las mismas características físicas que tenía Bobby Dunbar en el momento de su desaparición. Evidentemente, el ambulante lo negó todo: aquel niño, aseguraba, no era otro más que su sobrino, el hijo ilegítimo de su hermano con Julia, una muchacha que trabajaba con su familia, y que se llamaba Charles Bruce Anderson, pero que todos le llamaban Bruce.

No le creyeron, ni le creerían el resto de su vida. A partir de entonces, lo único que no cambió jamás fue la versión de Walters, que nunca se apearía de sus trece. El resto de la historia varía en función de quién la cuente y desde dónde. Como, por ejemplo, el recibimiento del niño, en loor de multitudes, banda municipal incluida, por los Dunbar. Los periódicos describieron una escena absolutamente emotiva, pero hubo quien, desde el público que contemplaba el reencuentro, afirmó que tal parecía que los Dunbar no habían visto jamás a aquel niño y que el abrazo del supuesto Bobby con su madre, Lessie, no fue más que un gesto frío, empañado por el rictus serio de la madre y las lágrimas del pequeño. “No estoy segura de que sea él”, dijo Lessie al contemplar después, más detenidamente, a su pequeño. “Bobby tenía los ojos más grandes”.

El nuevo Bobby Dunbar

Lessie con el ‘nuevo’ Bobby Dunbar

Fuera lo que fuera que hubiera sido, todo cambió en el transcurso de una noche. Al día siguiente del reencuentro, Lessie Dunbar afirmó que ya no albergaba duda alguna de que aquel era su pequeño: bañándole, aseguró, había reconocido un lunar en el cuello del niño y una cicatriz en su pie izquierdo que no daban pie a dudar acerca de su identidad. Y entonces apareció Julia Anderson.

Pobre, vestida no con harapos, pero casi. Protagonista de una vida de las que no se veían bien en aquellos tiempos. Madre soltera de tres niños -dos de ellos muertos al nacer; el tercero, el que hoy nos ocupa-, ahogada por las deudas, aseguró haber dejado quince meses atrás a su hijo Bruce al cuñado de Walters, quien prometió devolverle al chiquillo al cabo de unos pocos días, sin cumplir su promesa. Anderson aseguraba haber conocido la historia por los periódicos, y uno de ellos, aprovechándose de lo mediático del caso, pagó su viaje a Opelousas para que pudiera dirimirse quién era la auténtica madre del crío. La reacción de Julia no ayudó: transcurrido mucho tiempo desde que había visto por última vez a su hijo, no le reconoció en una rueda al lado de otros cinco niños.

La carnaza ya estaba dada: Anderson, irresponsable madre e inmoral mujer, había querido apropiarse del hijo de otras personas. Y los periódicos comenzaron a juzgar.

Her long journey had been in vain. She had not seen her son since February of 1912, and she had forgotten him. Animals don’t forget, but this big, coarse countrywoman, several times a mother, she forgot. She cared little for her young. Children were only regrettable incidents in her life.

New Orleans Item, “Julia has forgotten”

Bobby Dunbar con su esposa e hijos, en 1948

La verdad que nunca fue

Año 1999. Bobby Dunbar, el niño felizmente recuperado por sus padres a principios del siglo que ahora termina, ha muerto décadas atrás. Lo hizo joven, sin haber llegado a los sesenta años, con cuatro hijos y numerosos nietos. Uno de ellos acaba de morir en un accidente y Margaret Dunbar Cutright, la nieta a la que desde siempre le había fascinado la historia de su abuelo, recibe en herencia un álbum de recortes de prensa recopilados por la difunta bisabuela Lessie. Comienza a investigar. Y, más de ochenta años después, a encontrar respuestas. No las que buscaba.

Se va a Poplarville, Mississipi. Allí, hace muchos años, murió Julia Anderson después de que la falta de recursos le impidiera seguir pleiteando en torno a la custodia del supuesto Bruce. Algunos de sus hijos -había tenido siete después de lo de Dunbar, ya casada y establecida en Poplarville- aún viven. Y la historia que les contaron a ellos dista mucho de la que siempre ha oído Margaret. Julia nunca había dejado de hablar de su hijo, ni de decir que los Dunbar se lo habían secuestrado. Y, al menos en un par de ocasiones, Bobby Dunvar la había ido a visitar.

William Cantwell Waters

Waters no vivió mucho después de aquello. Fue duramente juzgado en los años diez por el secuestro de Bobby Dunbar y condenado, a pesar de que por la sala de juicios llegaron a desfilar pueblos enteros, de los que él solía visitar, a testificar que el crío no era Dunbar. Que no podía serlo. Que, meses antes de que saltase a la opinión pública que el chiquillo de los Dunbar había desaparecido, ya le veían a Waters vagar con el niño de la mano. “¿Por qué se lo llevó?”, preguntó el juez. “Era más fácil que los clientes confiasen en mí si iba acompañado de un niño. Todos los ambulantes lo saben.” “¿Por qué se llevó a Bobby?” “No era Bobby. El niño se llamaba Bruce.” Suspiro afirmativo desde el público. Oídos sordos del Tribunal. Sentencia: dos años en prisión. Cumplidos. Al salir, Waters pide que se repita el juicio. No le conceden el derecho. Punto y final.

En el transcurso del juicio, la defensa de Waters había conseguido reunir cuatrocientas páginas de pruebas que no fueron tenidas en cuenta por el juez. Ochenta años más tarde, obsesionada con el caso, Margaret Dunbar Cutright abrió por primera vez en casi un siglo la caja donde se guardaban, aún, aquel dossier. Al día siguiente, pidió una prueba de ADN que acreditase, o no, que la sangre que corría por sus venas tenía algún punto en común con la descendencia de Alonzo Dunbar. Con sus primos.

El resultado fue negativo.

Bobby Dunbar, a la izquierda; Bruce Anderson, a la derecha.

La justicia retroactiva: restaurando a Julia Anderson

Casi cien años después de ocurrido, la resolución del caso Bobby Dunbar conmocionó a América y quebró en dos a la familia Dunbar, muchos de cuyos miembros siguen sin creer aún hoy en los irrefutables resultados genéticos. Más que eso, la ciencia aportó luz sobre uno de tantos casos en los que la diferencia de clases se impuso sobre la justicia y la razón. En 1912, nadie creyó a una madre cuya vida no se había plegado, o no había podido plegarse, a las imposiciones sociales; pero sí a un matrimonio que, quizás ignorantes de la verdadera identidad de su hijo pero ansiosos de recuperar su presencia, sí las cumplía. Los ricos no mienten, los pobres sí. Se dice.

El lago Swayze sigue ocultando muchos secretos. Más de treinta y cinco mil veces se ha cernido sobre él la noche desde que desapareció, en sus aguas, el rastro del pequeño Bobby Dunbar. Demasiada oscuridad para obtener, ya, respuestas.

Para saber más:

Add a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *