La señorita de las piernas hasta el cielo

Déjenme que les cuente la historia de una señora -“señorita, ¡por favor!, que ni estoy casada ni quise nunca estarlo, ¡señorita, señorita, por favor!”- a la que conocí una vez, hace mucho tiempo.

En el Café Dindurra, siendo yo una estudiante. Andaría por los ochenta. Gafas de fantasía, pantalón de seda -“llevaré pantalones y así me vas a reconocer. Ninguna mujer de mi edad los lleva, ¿verdad? Ninguna.”- y melena blanca. Asustada entre la multitud. Aferrada a una cajita que, al calor de un café, y solo tras haberme examinado de arriba abajo, abrió delante de mí. En ella, su vida entera. La había traído a mi mesa el apellido, inconfundible: la encontré trazando los pasos seguidos por mi tatarabuelo hacia España. Unos pasos que no había hecho solo, sino al lado de su abuelo. Y allí estábamos las dos larguiruchas -“a ti, como a mí, se nos nota en las piernas lo eslavo, ¿a que sí? Que mi marido… Mi pareja me decía… Me decía: de pecho poco, amor, de pecho poco, pero las piernas que te llegan hasta el cielo, hasta el cielo”- un siglo después, reencontradas. Ante una caja de fotos y el café malísimo del Dindurra de principios del XXI.

Ante la vida de una señora -“señorita, por favor”- que la había tenido apasionante. Primero fue la guerra, que dividió su familia en dos. Los ricos y los pobres. A ella le tocó ser de los segundos. De los que no tenían una perra. De las que se tenían que dejar tocar, mientras su madre imploraba caridad, por un tío rico al que le iban las chiquillas. “Y que aún viva, el cabrón. Con más de un ciento de años y homenajes. Que se metía en el cuarto y… y… otro café, por favor”. De las que tomó el tren a ninguna parte, dejando atrás al hombre al que quería y al que nunca se había atrevido a besar. Qué guapo era Valentín -me invento el nombre-, ¡pero qué guapo era, y qué señor, y cómo agitaba el pañuelo al verme marchar!” El trabajo en la capital. “En una tienda de lencería. De la de aquellos años, claro…”. “Aquí tiene su café, señora.” “Señorita, por favor, gracias… Y allí, en la tienda, fue donde me descubrieron como modelo…”

El camarero me miró desde la escalera e hizo un gesto circular con el dedo sobre la frente que ella también vio. Le salieron los ojos de gata bajo las gafas de pasta de carey y esperó a que se fuera el mozo para volver a abrir la caja, que había conseguido cerrar antes con un movimiento más propio de un ninja que de una señora -“señorita, por favor…”-. La siguiente foto era ella. Demostrando que no estaba loca. Sobre la pasarela, con las piernas que le llegaban hasta el cielo, la melena rubia cayéndole sobre la espalda. “¿Ves? Yo, una vez, fui tan guapa como tú…” “No, señora” -“Señorita, por favor”-, “la comparación ofende, mírese, aquí la guapa fue y sigue siendo usted”. “Bueno…”. Suspira y se toma un sorbo de café, se enjuaga una lágrima. “Para lo que me sirvió…”

Él, me dijo, era el hombre más guapo del mundo. “¿Tanto como Valentín?”. “No, bueno… Este era el hombre más guapo del mundo que no era Gijón, que no era la playa, que no era…” “¿La libertad?”. Asiente. Aprieta las mandíbulas. Se le bajan los ojos de gata y los vuelve a levantar. Ahora son de leona. Aquel, el hombre más guapo del mundo no libre, la había llevado afuera, a un país que no debo recordar. Le hizo una hija. La primera vez fue cuando la llevaba en las entrañas. La había estrellado contra el suelo, tras una rodada de varios escalones, escaleras abajo. Ella, que tenía las piernas que le llegaban hasta al cielo, dejó de poder mostrárselas al mundo. “Y al poco, tampoco ni a él podía enseñárselas”. Jarrones rotos. Maquillaje sobre los golpes. La primera arruga. Una rosa marchita. Un día que ella llega de cuidar de la madre de él. Ruidos en la habitación de la chiquilla. Un llanto, una orden. Un muelle que cruje. Hielo en el corazón. A mí sí, a mi hija no. Un gemido. A mí sí, a mi hija nunca. Las maletas. El primer tren de la mañana. A dónde vamos, mamá. A la libertad, hija.

A Gijón. “Hace tiempo que no vivo aquí ya, sabes.” Los labios se le han destensado, por fin. “Vivo mejor en el pueblo, con los perros… Mi hija se casó, se fue… Murió su padre allí y se fue, hace tiempo que no la veo… No estoy mal, estoy tranquila… Tómate el último sorbo y nos vamos. Como la canción… No conocerás tú la canción, claro, chiquilla”. “Claro, mujer. Chabela.” “Eso es, Chabela… Cuando volví… Valentín ya se había casado. Pero solo le conocía a él, aquí… Y me ayudó.” Se acaba el café. “Y esta es mi vida, mira… Que nos ha dado para tres cafés.” “Señora…”. “Señorita, ¡leñe!” “Señorita…” “¿Sí?” “Y ese tal Valentín… ¿qué?”

En aquel momento -¿me considerarán loca si lo cuento?- la vi transformarse en la mujer que había sido en aquella fotografía tomada sesenta años atrás. “A Valentín…” Se quitó las gafas y se abrió el mar frente a mis ojos. “A Valentín no le quedó sitio por besar”. “¿Ni las piernas?” “Ni las piernas.”

“Llegaría, entonces, hasta el cielo.”

“Llegó.”

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