Salió en portada. La catástrofe del Pasapán (1958)

Fue en la ladera del Pasapán, allá donde llaman en La Losa el lugar de la Mujer Muerta, donde Luciano Otero vio crecer langostinos de la nieve sobre la sierra del Guadarrama. No fue un sueño de los del dormir ligero, repleto de psicodelia e imposibles. Ojalá lo hubiera sido. Aquel seis de diciembre de 1958, lo que Otero vio en el Pasapán sobrepasaba todos los límites del subconsciente como solo puede sobrepasarlos la vida, o más bien la muerte, real. Había langostinos saliendo de la densa nieve, sí. Y, a escasos metros de los crustáceos, los cadáveres calcinados de quienes hubieran sido sus comensales si dos días antes, el cuatro de diciembre,  el tetramotor Languedoc EC-ANR de Aviaco no se hubiera estrellado, sin dejar supervivientes, en el Guadarrama.

El comandante Calvo Nogales -de 42 años, con cinco hijos, el piloto con más experiencia de Aviaco- lo había advertido minutos antes de despegar del aeropuerto del Peinador, en Vigo. “Debido a las inclemencias meteorológicas, este vuelo no será fácil”, escribió en una nota, puesta a la vista de todos los pasajeros, a la entrada del avión. “El pasaje puede elegir entre arriegarse a hacerlo o no”. Eran días de frío extremo en una época en la que los viejos tetramotores Languedoc, desechados ya más de un lustro atrás por Air France, no soportaban las bajas temperaturas. El vuelo, por tanto, habría de hacerse a muy poca altura, desde luego a menos de la que era seguro emprender el viaje. Pero ninguno de los pasajeros rechazó volar. El avión salió a las 16.45 horas de Vigo y su señal se perdió, a la altura de Salamanca, apenas una hora más tarde. Dos días después, cuando se encontraron los cuerpos, en la muñeca de uno de los dos únicos que no habían sufrido los efectos del fuego, un reloj se había parado para siempre a las 19.41.

 

Dos días sin noticias

Fue una búsqueda desesperada, en la que participaron personal de Aviaco, autoridades y hasta familiares. Las tormentas de nieve que se batían sobre el Guadarrama hicieron muy difícil la búsqueda del avión desaparecido, y la histeria general hizo, como es habitual, que muchos vecinos creyeran oír lo que nunca habían podido oír: el día 5 las labores de salvamento se centraron en Cuelgamuros, alrededor del recién finalizado Valle de los Caídos, donde la gente aseguraba haber oído dos fuertes explosiones en medio de la tarde. En realidad, los restos del avión estaban a unos tantos kilómetros de distancia. En el pico Pasapán, con toda España en vilo por la suerte de la tripulación y el pasaje del Languedoc desaparecido, agonizaba la única superviviente del siniestro: el cadáver de Maribel Sastre Bernal, de 18 años, una de las escasas cuarenta azafatas que había en la época en España, fue encontrado al día siguiente sentado sobre una roca, sin heridas aparentes. Los forenses decretaron que la joven había muerto por congelación, tras haber sobrevivido al accidente.

 

Más de veinte historias

Conocemos el nombre de los muertos. Fueron 21. José Calvo, el piloto que se atrevió a volar a sabiendas de la peligrosidad de la empresa, lo hizo impelido por el hecho de que, escasos minutos antes, otro avión hubiese despegado hacia Madrid a pesar del tiempo; a su lado viajaba José González Nicolás, piloto en prácticas y cuyo hermano participó activamente de la desesperada búsqueda por el Guadarrama. Y, además de Maribal, rellenaban la tripulación dos personas más: el radiotelegrafista Pedro Sacristán Vaqueriza y el mecánico Enrique Anuncibay. Una foto, tomada poco antes del vuelo, muestra a cuatro de los cinco tripulantes. Es la única que se conserva de todos ellos juntos.

En el pasaje, muchas historias. No era barato coger un avión en 1958 y no todos los viajeros abundaban en el dinero. Quizás los que más fueran los marqueses de Leis, José Ramón Pardo y María Isabel Cerqueira; José Pita, a la sazón ex acalde de Sanxenxo o Ramiro Paredes, Pareditas, antiguo jugador del Celta de Vigo. Del otro lado, Josefa y Esther Castillo Gesteira, dos niñas que iban a reunirse con su familia, emigrantes gallegos que, tras cinco años de trabajo en la capital, habían conseguido, por fin, comprar un piso en la Colonia Margarita de Canillejas. Y hubo más: Manuel Ignacio Jorge Tagle, estudiante chileno; Angel Antonio Martínez, Ángel Murcia, Honorio Cerro, Javier Caparrini, Jesús Quesada, Rosa Martínez, Leonardo Priego, Arturo Carbonell y Emilio Cerezo.

A los cadáveres, dispersos por una zona prácticamente inaccesible al paso de vehículos y cubierta por la nieve, hubo que bajarlos en mulas, muy poco a poco, para que sus familiares, apostados en las oficinas madrileñas de Aviaco, les pudieran dar sepultura. Del avión poco se pudo recuperar. Los hierros, retorcidos los unos sobre, contra y por debajo de los otros, aún humeantes cuando Luciano los encontró en el mismo lugar donde, tiempo atrás, había dado caza a un jabalí, fueron una cruel metáfora de la catástrofe. Hoy, el pastor segoviano frisa los ochenta años. Y nunca ha dejado de recordar el día en que, de la nieve del Guadarrama, vio crecer a los langostinos.

 

PARA SABER MÁS

Edwin Winkels, holandés afincado en España, escribió El último vuelo, inspirado tras ver la tumba de la azafata Maribel en el cementerio de Montjuïch.

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