Más de ciento quince mil Ascensiones Mendieta

La muerte de la mujer que se convirtió en el paradigma de la Memoria Histórica en España deja huérfanos a todos los que luchan por su misma causa, pero hay -cada vez más hubo- miles de Ascensiones Mendieta sin respuesta. En el caso de Asturias, veintiséis mil.

Si no se la conocía, uno podía llegar a pensar que Ascensión Mendieta era pequeña y frágil. Así, al menos, era su cuerpo, pero por contra Ascensión era obstinada y constante, amable en las formas pero firme en el pensamiento e insobornable en su dolor. Un dolor fraguado a lo largo de ocho décadas y que, a pesar de su profundidad, no se había transformado ni en ira ni en venganza. Ascensión Mendieta no abría heridas, pero se negaba a que le obligasen a comulgar con que la suya permaneciera abierta. Fue ella la que abrió la puerta a los asesinos de su padre, Timoteo Mendieta, que se lo llevaron a fusilar -sin juicio, ni abogado, ni sentencia- a Guadalajara en una noche otoñal de 1939. Ella, apenas una cría, no podía entender que su padre hubiera hecho nada que mereciera la muerte, porque pocas cosas la merecen. Salvo en aquellos años. Mendieta había sido alcalde de Almunia de Tajuña y militaba en la UGT. Suficiente.

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