Revolucionarios sin revolución

Que se entienda una cosa.

Que se entienda que no hablaré ahora de los revolucionarios de salón, ni de quienes se calzan un palestino porque así lo dicta la más  superficial moda. Que se entienda, por favor, que hablaré de un género mucho más peligroso, por lo extendido y por lo sutil de sus formas, por mimetizarse y difuminarse con aquello que sí vale. Que se entienda, en definitiva, que hablo de vosotros.

De vosotros, que quizás algún día partisteis de buenos mimbres que aún no habían sido, sin embargo, trenzados correctamente, y decidisteis afrontar la vida enarbolándola de ideas que tuvisteis que escoger. Y, como en todo, escogisteis guiados primero por una lógica general, por la  forma de pensamiento básica que os caracterizaba. Pero, entonces, hechos ya estos buenos pasos, los mimbres se secaron y se deformaron orgullosamente rencorosos hasta el punto de que trenzarlos bien era ya imposible.

De vosotros, que escogisteis una revolución permanente, una revolución pacífica en la que luchar por mejorar el mundo, y que nunca la encontrasteis. Era una revolución que, como acabasteis creyendo, ya había sido hecha. No se explica entonces por qué decidisteis seguir manteniéndola, claro. Quizás por vagancia, por no buscar otra. Quizás porque algo en vuestro fuero interno os decía que, en el fondo, realmente quedaban cosas por hacer (aunque nunca llegarais siquiera a localizarlas). Da igual. El caso es que os metisteis de lleno, pero siempre con miedo a mojaros porque, para qué decir otra cosa, mojarse es incómodo. Cogisteis unos símbolos sin saber qué significaban, un canto base y unas ideas preconcebidas; unas cuantas citas descontextualizadas que decían grandes verdades, un par de ídolos muertos a quienes adorar y os fascinó el halo de soberbia que lo rodeaba todo. Vosotros queríais ser así. Peña entrajetada con responsabilidad, metas, bonitos discursos tan llenos de nada, expresión de seguridad en sí misma y la típica sonrisa del que se sabe superior.

Y os dijeron que había unos pasos que seguir, unos lugares donde ir y unas consignas que lanzar como paso obligado para llegar a ser así. Y fuisteis. Y las lanzásteis. Y luego os aburristeis y tirasteis a vuestro rollo porque, en el fondo, sóis aún unos críos inseguros que sólo buscan la aceptación de los demás, de quienes han conseguido ser incluso más mediocres que vosotros. Y os fuisteis a casa con la sonrisa estúpidamente orgullosa de quien se cree que ha arreglado el mundo por tomar un par de cervezas, pisoteando sin saberlo las cabezas de todos aquellos que las dieron luchando porque llegara un día en que la revolución no fuera necesaria -sí, la ingenuidad ha existido siempre-.

Sois rebeldes sin causa,  políticos sin política, pensantes sin pensamiento, ideólogos sin ideología. Y lo verdaderamente peligroso es que desconocéis por completo que carecéis de todo ello, y tacháis con saña a otros de lo que también sois (o no sois) vosotros. Lo verdaderamente peligroso es que os creéis importantes. Lo verdaderamente peligroso es que hay muchas personas que os harán importantes por el mero hecho de que, para ellas, es mucho más fácil pastorear una horda de revolucionarios sin revolución.

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