La estrategia del miedo

La conocerán de sobra porque es constante en la Historia, porque está presente en nuestro día a día, porque nos afecta a todos, porque cada uno de nosotros, lamentablemente, ha recurrido alguna vez a ella cuando no nos quedaban argumentos, o, al menos, la ha creído y se ha arrodillado a sus pies. Se trata de la estrategia del miedo, la más antigua y efectiva de todas las que existen, la más universal y, también, la más despreciable.

No se ustedes, pero yo desprecio a la estrategia del miedo por muchas y muy variadas causas. La desprecio, en primer lugar, porque consiste siempre en crear una historia de blancos y negros, de buenos y malos, de presentarnos una sociedad en la que o estás con unos o estás con otros. Como si quien la utiliza quisiera realmente establecer un sistema de castas diferenciadas, unas mejores que otras, castas α, β, γ, δ, ε, + o -, con todo lo injusto del mismo. Y esto me irrita aún más si quien emplea esta estrategia se dice partidario de abolir todas las diferencias entre las personas y respetuoso con otras creencias o ideologías: nadie que realmente sintiera respeto por quienes no piensan como él/ella querría hacer creer a nadie que existen buenos o malos. Nadie.

Viñeta de «Gracia y Justicia», febrero de 1936

La desprecio también porque, y que valga al redundancia, el propio empleo de la estrategia del miedo me da miedo. Decía André Maurois que el más peligroso de todos los sentimientos colectivos no es otro sino, precisamente, el miedo. La Historia no hizo sino darle la razón. Miren, recuerden la guerra del 36. En los meses previos todos se dedicaron a exhacerbar el miedo hacia el contrario. La viñeta de arriba, del periódico satírico de derechas Gracia y Justicia, es sólo una prueba de entre miles. Cuando una persona está atemorizada in crescendo, llega un momento en el que no tiene nada que perder y recurre a las medidas más desesperadas para intentar dejar de tenerlo. Como el ser humano suele ser bastante estúpido, la más frecuente de esas medidas es la violencia. Si es una persona la que sufre de esta desesperación, apenas si llegará a ser tratada como demente; si es todo un país, no tengo qué recordarles qué es lo que ocurre. Por eso desprecio profundamente a quienes se dedican a intentar llevar la estrategia del miedo a mucha gente a la vez desde sus púlpitos de opinión, o a quienes, de poder, lo harían.

Desprecio la estrategia del miedo porque no hace sino demostrar que quien la emplea carece de argumento alguno para defender aquello que apoya y, por eso, opta por lo fácil. Que no engañen a nadie. Lo fácil no es, como muchos dicen actualmente, ser un joven perroflauta (¿ven? ahí está la manía de la clasificación de la que hablé en el segundo párrafo) que sale a la calle durante más de una semana para defender sus derechos de forma pacífica. Eso no es fácil, o, si no, prueben a hacerlo. Lo fácil es estar cómodamente sentado en el sofá de casa, frente a una pantalla de ordenador, predicando el miedo, lo malas y peligrosas que son las ideas del contrario, en vez de diciendo claramente qué se quiere, qué se pretende, qué es lo positivo que cada uno puede aportar a la sociedad. Es despreciablemente fácil y cómodo.

Desprecio la estrategia del miedo, en fin, porque, en el fondo, es profundamente antidemocrática, ya que se basa en buscar enemigos y desvirtuar la libertad de pensamiento y opinión de quienes no piensan como nosotros. Pero no todo está perdido. Hay una forma única, pero muy efectiva también, de evitar caer en la trampa de esta estrategia: NO tener miedo.

Días como hoy son los días en los que debemos demostrarlo. ¡Adelante!

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