Tú no estás indignado

Están yendo demasiado lejos, escribes desde tu cálido salón, sentado en tu cómodo sofá, tele encendida, ordenador en marcha: están yendo demasiado lejos. Tú nunca supiste qué era ir demasiado lejos, ni tan siquiera -me temo- demasiado cerca, quizás ahí esté el problema. Afirmas sin sonrojarte que tú no estás indignado y que, por tanto, no entiendes cómo tu generación dice estarlo. Es curioso, porque probablemente, si toda tu generación decidiera, por poner un ejemplo, que está de moda llevar unas botas de la marca H o B, o de cortarse el pelo de la manera E o Z, no osarías no seguirles ciegamente. El qué dirán pesa demasiado, claro. Y, sin embargo, ahora te proclamas rebelde, te calzas una sonrisa de superioridad y, con un falso halo de tranquilidad, lo dices: yo no estoy indignado. Y lo repites. Yo no estoy indignado. Probablemente no te hayas ni leído las escasas 20 páginas de las que surge el movimiento. Estarás ocupado en cosas más íntegras. Más concretas, supongo. En cosas de verdad. En esas cosas con nombres capaces de hacer que se te llene la boca de ínfulas cuando los pronuncias, esas palabras grandilocuentes que todos pronuncian y muy pocos saben qué significan: ciudadanía, progreso, integración, multiculturalidad. Palabras, en fin, llenas de significados tan diversos que podríamos estar debatiéndolas horas… pero luego los inconcretos son otros, por más que intenten explicarte qué es lo que se pide incluso reduciéndolo al esquematismo más puro.

Tú no estás indignado y ni entiendes ni pretendes conseguir entender otra argumentación que no sea la establecida en un despacho, a puerta cerrada, con la americana y la sonrisa de rigor puestas, con apretón de manos final y, si es posible, foto en el telediario. Esa es la forma de hacer las cosas que el sistema te enseñó. Cualquier otra es de marginales, de elementos peligrosos que, en el fondo, piensas que tienen un poquito menos de derecho a opinar que tú (pero sólo un poquito, y sólo lo piensas para tus adentros, no vayan a decir). Ésa es la única democracia que existe para tí -y qué lastimoso que ahora los demócratas hablen de democracia única: tan irreverente como si un republicano defendiera la República monárquica-. Están exagerando. Están yendo demasiado lejos.

Tú nunca tuviste que ir demasiado lejos. Tú nunca acabaste una carrera haciéndolo todo lo mejor que podías (notas excelentes, curriculum intachable, prácticas aquí y allí, varios idiomas, formación complementaria) y te viste abocado a la más profunda oscuridad, a un mundo en el que ni sabías ni sabes moverte. Un mundo en el que quienes mandan no son quienes te enseñaron que debían mandar. Un mundo de mierda en el que debes demostrar tu valía -esa que ya debería ir implícita en el currículum- mil veces (mil quinientas si tu género o tus maneras no son las apropiadas), años de experiencia que nadie te dio la opción de tener, y en el que, sólo después de quinientos mil golpes, y si tienes suerte, acabarás ganando un sueldo que apenas si te da para vivir. Tú nunca tuviste que mirar desde abajo a los otros. A esa minoría privilegiada que, mientras gastas el dinero y las fuerzas en intentar conseguir cualquier cosa, salen de la carrera (o ni llegan a acabarla) y, a los dos meses, ya tienen un puesto de trabajo de la hostia -de esos que en infoJobs te asegura que el requisito mínimo son cinco años de experiencia, un salario digno y unas ínfulas similares. Ojalá me refiriera a una minoría privilegiada por su formación y capacidades, pero no: hablo de l@s mediocres, de aquell@s que vivieron siempre de la sopa boba mientras tú te deslomabas, protegidos por el imperturbable halo de la familiaridad, del partido de turno o de los contactos necesarios. Tú nunca viste las cosas desde ese punto de vista porque formabas parte de esa minoría, de esa gente que, como un canario criado desde polluelo en cautividad, se moriría de hambre si le abriéramos la puerta de la jaula de oro en la que vive y hubiera de salir al mundo de verdad.

Tú nunca estuviste indignado porque te importa una mierda tu generación. Enhorabuena, campeón/a, porque jamás tuviste que vivir la desesperación suficiente como para llegar demasiado lejos. Sí: enhorabuena.

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