Si desaparece nuestro recuerdo

Todo empezó cuando yo era un mico de apenas doce años gracias a tí, abuela. La historia fue que en el colegio nos mandaron una de esas actividades que la pedagogía se saca de la manga para tener entretenidos a los chavales en un puente largo -puede que fuera Semana Santa, no sé, lo más probable-: hacer un par de entrevistas a los más ancianos de la familia sobre sus recuerdos, sobre cómo era su vida cuando eran jóvenes, a qué jugaban, cómo se llamaban sus padres y sus abuelos, todo eso. Lo de preguntarles por la Guerra lo metí yo a calzador porque me interesaba; años después descubrí que en Argentina se hacen actividades con los nenos de esa edad sobre los recuerdos de sus mayores en la Dictadura y ahí, en la clase, charlan sobre lo que han descubierto: nietos de represaliados y nietos de represores, todos juntos. Así aprenden los unos a comprender la circunstancia de los otros, así cierran sus heridas. Y son heridas frescas, abuela, de hace treinta años, y ya ves, conmigo se sorprendió la profesora de que me atreviera a preguntarlo, y ya habían pasado casi sesenta. En fin, a lo que iba.

Yo no hice un par de entrevistas, hice seis. Y las cubrí de fotos, e hice pequeños árboles genealógicos en cada una. Aquella actividad sí que me gustaba. El tema vino cuando te hice la tuya, abuela. Me lo contaste todo (mucho tiempo después descubrí que no era todo, pero lo comprendo) pero, cuando te pregunté por el nombre de tus abuelos, no supiste responder. Me llamaste después, al día siguiente, para decírmelos, porque los habías buscado en unos papeles viejos, pero tú no recordabas sus nombres, ni sus caras, ni nada. Aquello me impresionó. Yo, que tuve la suerte de conocer a todos mis abuelos, a casi todos mis bisabuelos (entre ellos tú, abuela) y a muchos de sus hermanos, no alcanzaba a comprender que tú no conocieras siquiera el nombre de los tuyos. Entonces comprendí que hacía falta recuperar todo lo que se estaba perdiendo.

Te cuento, abuela. Mira, de tus abuelos paternos no pude averiguar mucho. José y María, gallegos, allí quedaron, en un pueblo que probablemente hoy ni exista. El único cuyo nombre parece coincidir con el que consta en los papeles viejos no tiene ni veinte casas y está perdido en lo más profundo de Galicia. De los de tu madre sé más, y ahora entiendo que no los conocieras. Murieron mucho antes de que tú nacieras, jóvenes. Pedro e Isabel.  Tuvieron ocho hijos en unos tiempos bastante duros. Ocho hijos a los que se sumaban otros siete anteriores que aportaba él de un primer matrimonio. Imagínate, abuela, criar a quince hijos antes de 1900, hacerles crecer sanos. Normal que se lleven todas tus fuerzas. Y, en medio de todo, una desgracia familiar: que Isabel, recién casada, de repente pierde, en el lapso de una semana, a sus padres y a una hermana: Ángel, María y Manolita. La puta fiebre tifoidea. El agua viene corrupta y, de la noche a la mañana, sin que sepas por qué (vete tú a explicarle a tus bisabuelos, abuela, lo que era una bacteria) te desangras en el baño (o lo que sea que uses como tal) entre dolores horribles y pum, te mueres, se acabó, adiós. Y detrás de tí va tu mujer, tus hermanos, tus hijos. Quizás lo peor no fuera eso, sino sobrevivir y vivir con el miedo de que un día, de repente, se te presente un pinchazo en el abdomen y adiós, muy buenas. Bueno, a tí qué te voy a contar, a tí, que afortunadamente ya no viviste la época de la tifoidea, pero sí la de la tuberculosis, la de la Guerra y la de la posguerra, la del marido en la cárcel, el hermano asesinado, la sobrina muriéndose en la cama con menos de veinte años.

Ya ves, abuela, la Historia es tan bella en su estudio como cruel en lo que lleva detrás. La Historia, al menos la que yo te puedo ofrecer ahora, es cruel aún sin contar lo humano; por ejemplo, sin contar que el silencio que se cierne sobre José y María se debe a que tu padre, abuela, era un cabrón borracho que prefería gastarse en vino el poco dinero que había para alimentaros a tí y a tus diez hermanos, que por eso hablabas poco con él y le retiraste definitivamente la palabra después de que prefiriera dar la vida de su hijo a los fascistas antes que dar cuentas él. La Historia que yo estudio, porque no es la de los grandes y sosos nobles que dejaron escrito y dibujado una eternidad de cosas, es apenas de nombres y de fechas. No cuenta, al menos directamente, el hambre que pasaba tu madre Feliciana y su cuidado extremo al guardar cada huevo que ponían sus pocas pitas para cada hijo, a veces uno por niño, otras, medio y medio. Pero me ayuda a hacerme una idea, abuela, de todo aquello que nunca te contaron, y, con ello, de todo lo que nos hizo ser así, como somos, y agradecer cada día la valentía de quienes me precedisteis.

Ya sé que no puedes oirme contándotelo, abuela, frente a un café caliente y con la caja de fotos abierta delante nuestro, pero te lo cuento porque realmente sigues aquí, dentro de mí, dentro de todos nosotros, toda tu tropa. Y, mientras de mí dependa, aquí seguirás bien viva por tu recuerdo.

Porque ya sabes, abuela, que sólo nos morimos de verdad cuando desaparece nuestro recuerdo.

PD. Volvieron a poner Lo que el viento se llevó este puente, ya sabes. Que nada, no hay manera. Ashley insiste en enamorarse de la tonta de Melania… como cada año que pasa.

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