Cabrales, pueblo sin ley

El rapazón llevaba medio año ya que no levantaba cabeza. Era comprensible: toda la vida, toda, casi dos décadas, esperando a salir del pueblo, y ahora nada. Manda narices que te estalle la revolución justo cuando te toca a tí salir, dejar las vacas y conocer mundo. Se le saltaban las lágrimas cuando aquel periodista de la capital se le acercó para preguntarle qué opinaba de eso de que Cabrales fuera un pueblo sin ley:

Se cansa uno de cuidar ganado. ¡Con la de planes que tenía ya hechos! Mi tío había escrito cartas de recomendación para ver si me llevaban a una población grande. Yo quería a Madrid, pero dicen que es muy difícil. Pero… si no fue este año, será el que viene. Si yo fuera gobernador, ya había abierto el Ayuntamiento. ¡Con la gana que tengo de gritar: «¡Ixuxú, los quintos!«

Hay que entenderlo. El rapazón no entendía ni de justicia ni de caciques ni de democracia: sólo quería salir de allí como fuera. Pero el problema no era tan fácil. Los quintos no habían venido aquel año y, tal y como estaban las cosas, iban a tardar en venir. Sencillamente, Cabrales no tenía ayuntamiento, ni nadie dispuesto a volver a crearlo, ni gente dispuesta a volver a apoyarlo. Ocurrió en el año 1932.

España estrenaba República y Cabrales ayuntamiento: el alcalde, Pedro Trespalacios, era un campesino venido a más –tiene todo el tipo de un buen aldeano burgués. Limpia camisa dominguera, almadreñas recias, boina toldo y un puro prendido en el extremo del guión amplio de la boca– , republicano, que había sido elegido con mayoría absoluta en el 31, junto a su equipo de gobierno, formado por once personas más. Los votos le daban mayoría, pero no así el contento del pueblo. En apenas unos meses surgieron los problemas: enfrentados desde tiempos inmemoriales, los vecinos de Arenas de Cabrales aseguraban que Trespalacios beneficiaba a Carreña de Cabrales, la aldea rival. La gota que colmó el vaso ocurrió en octubre de 1932, cuando el ayuntamiento decidió suspender al médico local y nombrar a otro en sesión ordinaria. Los vecinos se reunieron en Carreña, donde se situaba el Ayuntamiento, con la intención de boicotear la sesión. A partir de entonces, las versiones son contradictorias: los vecinos aseguraron haber expulsado a los concejales. Los concejales dijeron que no, que habían quedado dentro, que tenían control del Ayuntamiento. El periodista madrileño afirmó que hubo un segundo día de boicot organizado por las mujeres del pueblo y que en ése, definitivamente, el equipo de gobierno se marchó para no volver. Un diario, una versión diferente. Resúmase, si se quiere, en que las diferencias entre las aldeas y el Ayuntamiento acabó propiciando que, en octubre de 1931, la casa consistorial quedase vacía, los cabraliegos sin representantes políticos, y el pueblo, en fin, sin ley.

 Las noticias llegaron a oídos del gobernador civil, Alonso Mallol,que presentó una situación casi apocalíptica. En La Prensa del jueves, 27 de octubre de 1932, leemos:

Por la tarde volvió a ocuparse el señor Alonso Mallol de esta cuestión, dándonos cuenta de que en vista de noticias que había reciido, había dispuesto se reclutaran fuerzas en Carreña de Cabrales, en evitación de que se produjeran incidentes mayores, ya que los ánimos parecían exscitarse cada vez más entre los vecinos de Arenas, enemigos por completo de los de Carreña, y entre los cuales persiste hace tiempo la idea de constituirse en entidad local menor.

Una imagen que contrasta, sin duda, con la de enorme apacibilidad que presentó el reportaje gráfico realizado por Pedregal Laria para Estampa en abril de 1933. El pueblo llevaba meses ya sin Ayuntamiento y los revolucionarios afirmaban que nunca habían estado mejor gobernados y más plácidos:

– Estáse bien sin Ayuntamientu. Nada nos dan, pero nada pagamos. (…) Mire, mire la cédula: tien tres años y ¡mi alma que non pago otra más!

– Cuando los echamos de allí no sabíamos que era sólo pa lo del médicu. Esto val más… ¡¡esto ye una mina!!

– Una mina, una mina, Nos dicen una cosa y la hacemos sin saber por qué, sin pensarla. Somos tontos.

La resolución del conflicto nunca acabó de llegar, precisamente, por los esfuerzos de Mallol de recuperar la vida política normal. En junio de 1933, el Gobernador Civil aceptó la dimisión en bloque de todo el equipo de gobierno en pos de la normalización de la convivencia, pero aquello no arregló gran cosa ni siquiera tras las amenazas de Mallol a los cabraliegos:

El gobernador les advirtió que es de todo punto indispensable la reanudación de la vida municipal, enviando, si para ello se hace preciso, varias parejas de la Guardia civil, y les añadió que la actitud levantisca de los vecinos no puede ser motivo de ninguna manera para la interrupción de la administración de un pueblo.

(salió en La Prensa, 8 de junio de 1933) Y no se arregló. Los quintos volvieron y se llevaron, quién sabe a dónde, al rapaz de las vacas, pero los levantiscos siguieron oponiéndose al gobierno. Aún a final de año, informó la prensa local de múltiples incidentes que, ya restablecido el gobierno, siguieron dándose entre Ayuntamiento e insurrectos.

Estaba claro que, al menos para aquellos que querían quedarse en Cabrales, les iba mejor sin leyes ni gobierno. Ocurrió en 1932.

Para más información:

Hemeroteca de Gijón.

«Un pueblo que vive sin Ayuntamiento desde Octubre», en la revista Estampa del 8 de abril de 1933. En la Hemeroteca Digital de la BNE

El equipo de gobierno de Pedro Trespalacios estaba formado, además, por: Pedro Ardines, Ángel Sánchez, Jesús Corces, Paulino Huerta, Francisco González, Francisco Fernández, Paulino García, Esteban Llera, Fernando Bueno, Cipriano Fernández y Miguel Díaz, todos republicanos. También era republicano era Manuel Niembro de la Concha, secretario municial del Ayuntamiento y, sin duda, la persona contra la que se descargó la mayor parte de la indignación popular: un mitin en el que él participaba fue reventado en noviembre de 1933, con el resultado de ocho detenidos.

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