I want friend like me

Me hiciste sentir como Elsa Lanchester, gracias.

Gracias por varias razones. La primera es que siempre me han fascinado esas olvidadas pero magníficas películas de terror de los años 30, esas que hoy en día no meten miedo pero que son capaces de transportarte a la mente del público de la época y, una vez videadas tres o cuatro, causarte el mismo pánico que les generaban a éste en aquel tiempo. La segunda es que siempre quise ser reina del grito, pero de las de verdad, de las de la RKO, de las que como Elsa gritaban echándose exageradamente para detrás, con una mano lánguida a varios centímetros de la boca y los ojos, pestañas cargadas de rímel y expresión infame, muy abiertos; de las de aquella época, tan divinas. La tercera es que Elsa Lanchester, tirando a lo personal, siempre fue una mujer que me pareció mujer, mujer. De las que tenían un par de ovarios. Por todo eso, sí, gracias.

Y ahora te cuento el por qué, verás. Te diré que Elsa Lanchester interpretó a la mujer reanimada por el avaricioso doctor Pretorius para darle una compañía femenina al ahora parlanchín monstruo de Frankenstein, en una de mis películas favoritas del género, Bride of Frankenstein. Contarte la que armó la bella monstruita al darse cuenta de la misión para la que había nacido sería joderte el final de la película, así que resumiré diciendo que lo enorme del papel era que la Lanchester hacía ver el más profundo desprecio hacia su destino y el feo caballero al que había sido asignada de forma pancha, pausada y aparentemente poco colérica, como si le diera exactamente igual. Porque en realidad le daba lo mismo. Le importaba un comino la re-vida, el destino y el caballero.

Fue por eso por lo que me la recordaste. Porque, casualidades de la vida, buscando algo que no tenía nada que ver me topé con nuestra historia de bruces, elegantemente alineada en una sucesión de líneas construidas a bases de píxeles (¿acaso hubo nada más aparte de píxeles?). Tu tonteo perpetuo. Tus pequeños arranques de celos. Tus piropos tímidos. Tus borracheras de sinceridad. En definitiva, tu quiero y no puedo. Tu egoísmo. Tu egolatría. Tu falsa inseguridad. Y fui, gracias a tí, Elsa Lanchester por un segundo. Abriéndome al mundo, a mi nuevo mundo, con expresión de sorpresa al ver todo aquello, al ser plenamente consciente de la situación; y, justo después, sonriéndome por dentro con la placentera calma chicha que produce el que no seas capaz ya de causarme otra cosa que no sea indiferencia. Con los ojos brillantes y el cardado orgulloso, bajando la palanca que haría saltar tu recuerdo por los aires.

Como en un vodevil de mala muerte, como en una vulgar opereta, orgullosa como una reina del grito, éstas son las últimas líneas que te escribo. I want friend like me.

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