Se fue el caimán: un adiós a don Manuel Fraga

A Fraga hay que reconocerle, nos guste o no, una capacidad intelectual extraordinaria -de niño prodigio a político prematuro- y una destreza política sin precedentes ni predecesores. Estamos hablando, probablemente, de uno de los mejores políticos que ha dado el siglo XX en nuestro país, de un maestro del discurso y la dialéctica, de un monstruo de la oratoria. Hay que reconocer lo bueno para hallar lo malo, porque no todo lo blanco es blanco, pero para formar el negro también se requiere de colores claros. Una vez reconocido todo esto, ahora,  especialmente ahora, -porque la muerte hace buenas a las personas, entre otras cosas para mayor descanso de los vivos a quienes la muerte les produce compasión, pero también les produce vergüenza compadecer a un villano- debemos recordar también la otra parte.

Debemos recordar que, y muy probablemente por causa de esas virtudes positivas que aúnaba Manuel Fraga, estos últimos años el gallego consiguió hacer que la sociedad, de frágil memoria, olvidara la sangre que derramó su firma y lo elevara a los altares de un hombre comprometido con su patria, padre sacrosanto de la Constitución (¡como si los padres no se equivocaran!) y héroe de una transición cuya idoneidad, repetida hasta la médula, sólo ha empezado a cuestionarse ahora, más de treinta años después de su inicio.

Muchos recuerdan al Fraga de los últimos años como un hombre incombustible que ponía y quitaba líderes en el partido que él mismo fundó, que sentaba cátedra, un anciano cascarrabias pero campechano que aseguraba, simpáticamente indignado, que él jamás había usado condón ni lo usaría. Ojo con la campechanía: junto con la decrepitud, es una de las máscaras que usan quienes tienen mucho que esconder para salvaguardar su imagen. Ojo con el olvido y la desmemoria especialmente hoy, que lloverán las remembranzas y las nostalgias. ¡Cuánto daño le ha hecho la nostalgia a la Historia, cuánto daño!

¡Cuánto daño nos haría olvidar a los muertos! A Fraga, que hoy pasa a formar parte de esa categoría, pero también a los muertos de Fraga. Es día de recordar hoy, por tanto, a Enrique Ruano, ahí lo ven, ese joven de aspecto aniñado cuyo principal delito fue repartir propaganda del Felipe y por el cual, unos días después, apareció casualmente muerto, aplastado contra el suelo, destrozado, tirado desde una ventana de un séptimo piso, un muerto morido de apenas 21 años (78 años menos de los que duró Fraga, fíjense, toda una vida). De recordar que su muerte absolutamente injustificable fue hecha pasar por un suicido gracias a la pluma y gracia de don Manuel, porque a la España de los 25 años de paz no le convenían las muertes de jóvenes universitarios que no habían tocado un pelo a nadie, aunque en el fondo las hubiera. De recordar las amenazas que recibió su padre si persistía en su actitud de reivindicar que se esclarecieran las causas de la muerte de su hijo, un muchacho en la flor de la vida al que jamás se le había pasado por la cabeza quitarse la vida dijera lo que dijera el ABC bajo las órdenes del señor Fraga.

Ya que estamos, recordemos también a Julián Grimau. A Grimau le acusaron, sin aportar prueba alguna, de crímenes durante la Guerra Civil, esos crímenes que con el paso del tiempo se convertirían en un quítame allá estas pajas y un «mujer, que en la guerra mataban unos y otros» y en un no reabrir heridas y todas esas cosas. Sin embargo, por esas cosillas que hoy parecen carecer de importancia fue condenado a muerte Grimau -insistamos de nuevo: sin pruebas- en 1962, jugosa presa como era para demostrar que en España quien mandaba era el régimen y acallar las huelgas que habían empezado a expandirse por todo el país. Una condena injusta. Una condena sanguinaria. No lo digo yo, lo dijo el mismísimo papa Juan XXIII, que pidió clemencia al régimen mientras Fraga -que, previsiblemente, estos días será enterrado en loor de multitudes en el rito católico- se dedicaba no sólo a negarle la mayor al ministro de Dios en la tierra sino a mover los hilos de su afiladísima pluma para convencer a los españoles de que Grimau era un criminal y merecía la muerte que finalmente tuvo: fusilado a los 52 años (Fraga le sacó 37) por militares, después de que la Guardia Civil, ¡escuchen! ¡la Guardia Civil de 1963, en pleno franquismo! se negase a hacerlo. Curioso caso que aunó por primera y única vez en la historia en una misma opinión a Iglesia, Guardia Civil y opositores al franquismo… curioso caso que Fraga acalló con éxito y del que hoy apenas se recuerda.

Empieza a costarnos recordar ya porque son muchos nombres, pero también merecen memoria y reparación Bienvenido Pereda, 30 años (Fraga le sobrevivió 59), José Castillo, de 32 (57), Pedro Martínez, de 27 (62 años menos que Fraga), Romualdo Barroso, de 19 (70 años menos) y el apenas niño Francisco Aznar, de 17 (hagan la cuenta). Murieron a tiros en 1976, en Vitoria, por haber cometido el pecado mortal de protestar contra sus condiciones de trabajo en una huelga multitudinaria que se celebraba en una Iglesia, con el beneplácito del cura. Pero de nuevo a don Manuel, hoy confortado con los Auxilios Espirituales, le importó una mierda la opinión de la Iglesia y firmó la orden que permitía a la policía cargar contra los manifestantes y llevarse por delante, escúchenme, a cinco trabajadores, cinco personas sin sangre en las manos, cinco obreros que sólo querían vivir mejor en esa España del bienestar que tanto les vendían y que ellos no veían por ninguna parte, a dos niños, a dos niños apenas que no llegaban a los 20 años. Era 1976 y la modélica Transición de la cual era adalid Manuel Fraga empezaba a caminar hacia un futuro en el que esas personas no pudieron participar. Y que viva la democracia. Qué buena es nuestra democracia.

Es hora también de recordar, por último, que el campechano anciano que hoy muere en cama y en paz también estuvo detrás de los sucesos de Montejurra, por aquello de que no nos digan que los progres sólo recordamos lo que nos pasa a los progres. Ocurrió también en la modélica Transición. Aniano Jiménez y Ricardo García fueron muertos a tiros por participar en la tradicional romería carlista de Montejurra y sus asesinos salieron de la cárcel apenas unos meses después por una ley de Amnistía que los equiparaba, legalmente, con presos políticos sin sangre en sus manos. Las fuerzas de seguridad no hicieron nada ni sus muertes fueron condenadas. El silencio fue atronador. Un silencio alentado por el hoy deceso y que quería decir que la Transición era suya, que no habría ni podría haber más fuerzas de derecha ni opciones más allá de la suya.

Sí, es desde luego hoy un día de recordar y reflexionar mucho, sin caer en la glorificación por la glorificación del olvido, ni en el cualquier tiempo pasado fue mejor, ni en la nostalgia. Día es hoy de sentarnos en el sofá a un lado de una buena taza de café caliente con un libro de Historia en las manos y de plantearnos qué democracia queremos, con qué raíces, con qué orígenes y con qué directrices. La democracia se basa, a fin de cuentas, en la reflexión, y por tanto supongo que Manuel Fraga, como el gran demócrata que fue tal y como nos recuerdan hoy políticos, personalidades y medios de comunicación, lo habría querido así.

Descanse en paz.

 

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