Memoria de la Rosario

Vino a llamarse Rosario y a nacer en Lluces, de nombre y paisaje tan bello como cruda era la vida allí en aquellos años -principios del siglo XX: sería correcto, pero irónico, definir esa época, cuando hablamos de gente sin pan, como Belle Époque-. Su padre había tenido siete hermanos, su madre cuatro y a Rosario le tocó el premio gordo: tuvo al menos ocho. Nueve almas que peleaban por un cachu sardina cuando lo había, nueve niños, dos padres, quizás algún abuelo, e incluso una tía abuela, la Gerónima, pordiosera de oficio y pobre de las de solemnidad, que vagaba de casa en casa apenas si para comer, pero al menos por tener un techo bajo el que dormir. ¡Qué ironía, Rosario, que la Gerónima llegase casi a los 90 años, siendo como era pordiosera, y que a tí te tocase abandonar este mundo mayor, pero joven, apenas si con 70 años! Qué ironía, Rosario, porque tu vida estuvo llena de ellas. Quizás por eso tu carácter fuera así, árido pero socarrón, con ese humor de sarcasmo seco que es el mejor humor, precisamente porque esconde detrás el impacto de muchas ironías de la vida, de muchos palos, mucha fame, mucha miseria y muchas lágrimas que nadie podía verte, Rosario, porque si te las veían, entonces te pisaban más.

Tuvo la Rosario ocho hermanos, muy longevos casi todos, menos el que se llevó la Guerra y del que no se habló nunca más y de los que, como ella, llevaban en su sangre, sin saberlo, el peso seco e irremediable del cáncer. Todos, sin excepción, tuvieron muy poca infancia. Había que trabajar y el terruño de los padres no daba para todos. La Rosario hubo de marchar, apenas una niña, a servir a una casa de ricos, de ésas que preferían a las criadas niñas por aquello de tener los dedines muy finos para poder limpiar bien la vajilla, pero a la vez adultas y responsables para que no rompieran una sola pieza. ¡Qué diferencia con la familia de Lluces, donde la principal preocupación era llevarse algo a la boca, encontrar alguna castaña en otoño para saciar el hambre, que hubiera un buen verano y que no se perdiera lo poco que salía de la tierra! Allá fue la Rosario y, eso también hay que decirlo, comió como nunca había comido y aprendió a cocinar como nunca hubiera podido aprender. Era un trabajo bastante más agradable que el primero que le había tocado desempeñar, pisando anchoas en uno de los muchos pozos de salazones de Llastres. Odió tanto ese trabajo, tanto, que la Rosario no volvió a probar en su vida ni una sola salazón, y giraba la boca en un rictus de asco cada vez que veía a alguien disfrutar de las anchoas de lata, recordando, quizás, cuando para no perder ni un solo minuto del trabajo que hacían los piececitos de los niños que pisaban la salazón el encargado les prohibía salir del pozo para hacer sus necesidades más primarias y tenían que mear sobre lo que luego iba a ser comida. «El sabor del sal tápalo tóo«, les aseguraba el encargado, y la Rosario jamás se volvió a fiar del sabor de la sal.

En cuanto pudo, muy joven, la Rosario huyó de esa vida de esclavitud para casarse con Ángel. Ángel era un cobarde, pero era su cobarde y tenía, además, otras muchas virtudes: era bueno, quizás el hombre más bueno de todos los que hubiera podido encontrar, era trabajador y, sobre todo, adoraba a la Rosario sobre todas las cosas. Por eso, cuando fue destinado a Andalucía para hacer la mili a mitad de los años 20, no soportó la distancia y pidió permiso para ir a Asturias a casarse con ella, y la otra para el transcurso de su propia vida: la Guerra Civil y la muerte de la Rosario. Entendámonos. Ángel no iba ni con unos ni con otros, pero no quería problemas. Cuando vinieron los unos a buscarle se fue con ellos, intentaron que combatiera durante un par de meses y no lo consiguieron porque Ángel temblaba cada vez que le ponían en las manos un fusil, y no hacía más que acordase de la Rosario y los nenos, todo el día estaba con eso: ay de la mi Rosario y los nenos, ay los nenos, ay los nenos y lo dejaron ir. Como la alegría dura poco en la casa del pobre, los otros vinieron a llevárselo por haber estado con los unos. Incomprensible, sí, como incomprensible fue, en términos generales, la Guerra Civil, como incomprensibles son -dejémoslo ahí- todas las guerras.

A Ángel se lo llevaron a Bizkaia en tren y la Rosario lo despidió con una reprimenda -en su caso, las reprimendas eran su forma de expresar lo que otras expresan con lagrimones de cocodrilo: eran, probablemente, bastante más sinceras de lo que es esta segunda opción-. Pero cuando ella empezó a oír que a Bizkaia se mandaba a los hombres que no volvían nunca a casa, que jamás se les encontraba ni vivos ni muertos porque algo se ocupaban de hacerles allí, la Rosario lloró como nunca había llorado hasta entonces. Lloró una noche y a la mañana siguiente, como buena llastrina, las lágrimas ya habían dado paso a una decisión. Marcharía a Bizkaia a encontrar a su marido vivo o muerto y vivo o muerto volvería a la casina donde se habían establecido tiempo atrás en Colunga, una casina pequeña pero con todo lo necesario que aún hoy sigue en pie, al lado de la iglesia. Marcharía con los nenos porque la Rosario no se fiaba ni de Dios ni de su madre, que la vida ya había dado muchos palos y ya estaba bien, y se traería al Ángel aunque se le fuera la vida en ello, porque una llastrina no llora toda una noche sin consecuencia.

Así que la Rosario vendió todo lo que podía vender y se compró tres billetes de tren a Bilbao, cargó a los nenos con sendas bolsinas con una muda, queso y pan para el camino, y allá que se fueron, los nenos viviendo la aventura de su vida y viendo paisajes que nunca habían visto antes y la Rosario con el gesto serio pero decidido, sin miedo, porque ella nunca tuvo miedo: dicen que el miedo sólo lo tienen las personas que tienen algo que perder.

¿Qué decir? Podría contar una historia de héroes y malvados, una historia melodramática de la Rosario amenazando al general de turno y los nenos abrazándose rogando por la vida del padre, pero es que entonces faltaría a la verdad. La verdad es que, a mitad de camino, cuando el tren rumbo a Bilbao echaba a andar después de una parada, se cruzó desde la otra vía otro tren que hacía el recorrido inverso, y la Rosario no pudo creer lo que veían sus ojos: en el otro vagón iba Ángel, que volvía a casa. Quién sabe cómo se había librado de no volver, como la mayoría de los paisanos que marcharon con él. Es dudoso que por segunda vez se hubieran apiadado de él por su cantarín de ay la Rosario ay, ay los nenos, los nenos, pero tampoco imposible. El caso es que ésa fue la segunda y penúltima vez que se separaron, y si la tercera fue la última fue porque a la muerte no hay quien la convenza de retorno alguno.

Murió mayor pero joven, la Rosario, porque no tendría ni setenta años, murió en la cama llena de dolor pero sin llorar, que una llastrina de verdad no llora sin razón ni consecuencia, pero Ángel si lloró; lloró por sobrevivirla tantos años -casi veinte- y porque la vida sin la Rosario era menos vida; porque la Rosario sabía hacer que la vida se llenara de sentido. ¿Qué otra le hubiera quedado, si no? Las personas que sufren una vida dura sólo tienen dos salidas: aprender a llenar de sentido los años que les quedan en este mundo para apaciguar la crueldad que ya les viene establecida en ellos, o morirse. A la Rosario le había costado tanto vivir que no contemplaba ni loca la segunda opción. ¡Qué ironía, Rosario, pero qué ironía!

PD. La Rosario, que fue mi bisabuela, se casó con Ángel, el nieto del hojalatero.

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