Causa de la muerte

A finales de 2007 una funcionaria cansada abrió un viejo tomo de registros de defunción lleno de polvo por la página correcta y sacó el certificado de José María, que alcanzó la muerte cuando la mañana estaba abriéndose, perezosa, en la ciudad de Gijón del aciago verano de 1939. A escasas dos semanas de cumplir los 30 años, el aserrador -de manos grandes, fuertes, duras, acostumbradas al hambre y al trabajo duro, acostumbradas a empuñar un fusil y a cargar con compañeros heridos- cayó muerto sobre la tierra. El papel que, a finales de 2007, la cansada funcionaria fotocopió, aseguraba que lo que había matado a quien su familia y amigos llamaban cariñosamente Joseín era una mera hemorragia interna. Lo decía el Juzgado Militar número 1. Y punto y aparte.

Joseín fue el primogénito varón de una pareja mal avenida que ya había tenido una niña y varios intentos fallidos de dar con un muchachote. Hacía mucho calor cuando él nació, a mediados de 1910, en una mísera aldea del oriente de Asturias. Llevaba el nombre de su padre, y quizás por eso siempre había sido su favorito … bueno, eso creían todos. Cuando se hizo mozo, Joseín demostró que no era como sus hermanos. En eso también había salido al padre : no se callaba ni debajo de las piedras. Sus hermanos preferían no oír ni hablar de lo que pasaba en política. Les parecía tan lejano e inútil… Pero él no, él no, él tenía una idea. Una idea que cambiaría el mundo y lo haría mejor. No tenía ni ventiún años cuando se proclamó la República, pero saltó de alegría al enterarse y contribuir a ella. Le partió la cara a más de un filofascista del pueblo. Se casó civilmente y sin Dios con su María Luisa. Habló de justicia y libertad en el bar del pueblo y brindó con vino después. Su padre era sindicalista y, aparentemente, estaba orgulloso de él. Muy orgulloso. Aparentemente.

Cuando los rebeldes rompieron la paz, José María no se lo pensó dos veces. Se alistó con la idea de que la guerra sería corta y pronto todo volvería a ser como lo habían soñado. Ascendió rápidamente, porque no fue así. La guerra duró. Se prolongó demasiado. Entró como brigada, llegó a teniente del batallón. Marchó a Euskadi con sus compañeros, volvió enfermo pero con ganas de luchar de nuevo. Y un día se dio cuenta que todo estaba perdido. Sus sueños, su lucha, sus ilusiones. Supo antes que nadie que la guerra había acabado y que ellos la habían perdido. Que, a partir de ahora, las cosas serían más negras. Y, consciente de ello y con la cabeza gacha de quien se sabe perdedor, de quien sabe que lo va a pasar mal, volvió a casa cuando ya no tenía más fuerzas para pegar tiros.

Tuvo la mala suerte de estar de visita en casa de sus padres cuando su padre estaba tomándose unas pintas en el bar y de abrir la puerta cuando el mismo filofascista al que años antes había partido la boca picó. Tuvo la mala suerte de que le reconocieran al instante. Tuvo la mala suerte, en fin, que su padre jamás respondiera a la amenaza de los soldados a los que tantas veces había llamado cobardes en sus charlas de bar.Si no te presentas tú, mataremos a tu hijo, dijeron. Feliciana, la madre, lloró lágrimas de sangre. Ella hubiera preferido perder al marido que tanto la había decepcionado, no al hijo que había parido de sus entrañas. Y el tiempo pasó, pasaron los meses.

En la cárcel, su hermana Nora (Hono la llamaba su marido) y la sobrina huérfana, Edita, se turnaban para llevarle cosas que echarse a la boca. Lo que podían. Nora iba con la cesta bajo el brazo, andares rimbombantes y ojos de leona, a pie, de La Arena al Coto, y se enfrentaba a los guardias. Edita, quince desgraciados años a las espaldas, se contenía las lágrimas cuando le devolvían la cesta y le escupían un no puede pasar, aunque sólo lo hicieran por joder y no porque aquella mísera cesta contuviera algo peligroso para la patria, para España y para Dios y para los jodidos generalísimos.

Una mañana calurosa le devolvieron la cesta a Edita.

– Ya no está aquí, no lo busques.

– ….

– Ya le han dado a tu tiíto rojo lo que se merecía, niña.

Y Edita corrió del Coto a la Arena, muerta de lágrimas.

A las 7 de la mañana Joseín había caído de rodillas sobre la tierra del cementerio de Ceares, rodeado de sangre, rodeado de compañeros. Y, minutos después de fusilarle de forma vil, sus mismos asesinos habían firmado el certificado que lo decía muerto por una causa falsa, tan falsa como el amor que su padre jamás sintió por alguno de sus diez hijos.

Post recuperado de mi olvidado Toda una vida me estaría contigo, de finales de 2007, dos años y medio antes de que el Ayuntamiento de Gijón recuperara la memoria de José María y de otros 1933 nombres para cerrar todas sus heridas.

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