La infortunada historia de Josefa, la de Santos (1)

Josefa, la de Santos, sufrió varias veces en su vida el riesgo de morir, de desaparecer para siempre. Y, además, de una manera diferente a cada vez: de hambre, de pena, de rabia, perdida en el fondo del océano o, sin duda la más terrible de todas, de olvidio y desidia.

Había sido la primera niña de un matrimonio, el de Santos y Josefa, que malvivía de lo poco que podían cultivar en una cochambrosa huerta propia y tierras ajenas. Tierras rojas de miseria y hambre, como el pelo de Josefa, como el de su madre y el de su tía, aquella que había marchado años atrás a servir al Brasil y conocido la fortuna cuando un muchacho de buena familia se encaprichó de ella.  La Tía indiana. El único recurso para una familia que se moría de hambre. La única esperanza para la niña Josefa. El procedimiento sería sencillo, más en aquellos tiempos en los que la tan deseada Ley Áurea había dejado sin esclavos los cafetales y sin esclavas las casas de los señores. El gobierno brasileño -o el jerifalte de turno- proporcionaba pasaje, estancia y seguro a los españolitos que quisieran ir a suplir la ahora inexistente mano de obra esclava a cambio de un salario de risa pero, sin embargo, mejor que el hambre y la miseria de la tierra natal.

Así que Josefa burló al hambre y tomó viento fresco a Brasil. O no tan fresco. Los pasajes más baratos, los subvencionados, estaban próximos al infierno. Por los tranquilos ojos azules de Josefa desfilaron, en aquel trayecto, cientos de deshechos humanos malviviendo, en el mejor de los casos, en camarotes de ventanas rotas y desmedidos vaivenes; engullendo infames papillas intragables -cortesía del pasaje gratuito- e infectándose los unos a los otros de enfermedad, de muerte. Ella era joven y llegó viva. No todos corrieron la misma suerte.

El caso es que, sabrán Dios o Alá cómo, Josefa llegó entera a Pelotas, una populosa y joven ciudad bañada por el río Camaquã. La muchacha, que venía de un pueblo de apenas 200 habitantes, se sintió pequeña ante aquella profusión de personas, colores de piel y riquezas, y durante un tiempo sirvió a sus nuevos señores con la mirada baja, como eternamente sorprendida de estar allí, tan lejos, comiendo carne, vistiendo enaguas y calzando zapatos. Hasta que apareció Manuel, claro.

Manuel era el hermano joven y guapo del rico que había llevado a la Tía a posicionarse socialmente en aquella ciudad. Él mismo no había conocido otra cosa que no fuera fortuna, ya que había llegado tarde, no como el resto de hermanos. Había nacido muy poco antes de la marcha de sus padres de Portugal a Brasil y, probablemente, no recordaba ni las dificultades, ni el hambre, ni la pestilencia del barco en el que viajó. Cuando se hizo mayor, la familia ya estaba establecida y sólo había tenido que aprender a mandar, a liderar una charqueada , sobre todo, a vivir. Y no pudo evitar poner los ojos en aquella niña de pelo rojo y ojos de cristal. Ni ella, con la bandejita de plata -mantelito incluido- sujeta en su temblorosa mano de sirvienta, pudo evitar lo contrario.

Se casaron el 5 de mayo de 1896, y Josefa heredó así el puesto de indiana triunfal de la familia. Obvia decir que no tuvo que servir más. Pasó de criada a señora, de ordenada a ordenante, de mirar con curiosidad los ridículos polisones de las señoronas a vestirlos ella misma, de limpiar fotografías a retratarse con el mismísimo Baptiste Lhullier, el mejor fotógrafo, venido de la Francia misma, que había conocido la ciudad de Pelotas. Tan sólo él supo reflejar en un solo retrato la melancolía de aquellos ojos transparentes. Porque, a pesar de los pesares, la mirada de Josefa sólo fue feliz durante un lapso de tiempo muy limitado.

Primero llegó la pena. Bernardo, su hermano, le hizo festejar su primer aniversario de boda, en 1897, entre gritos de dolor. Años atrás ella había resistido las duras condiciones de viajar a través del océano, pero él no fue capaz de conseguirlo y murió de miseria a pocas millas de su destino. Era el único muchacho de la familia. Sabía que su padre jamás la perdonaría porque su ejemplo de triunfo y felicidad hubiera llevado al varón a la muerte, con apenas veinte años, en la flor de la vida. Entendió que aquello la separaba definitivamente de España, y al primogénito le puso João, como renunciando a su sangre asturiana, como queriendo romper con todo.

Pero entonces llegó la rabia. Manuel no era hombre de una sola mujer, y asegurada ya la pelirroja, quiso probar con una rubia primero, con una morena después, con una castaña, con una mulata, con cualquiera menos con ella. Y Josefa, que era del norte y de pelo de fuego, además, no estaba dispuesta a consentirlo. Pero los gritos y las broncas poco podían hacer ante la fuerza del marido, los puñetazos y el desprecio, así que se calló. Por el bien de los hijos y por la vana esperanza de que todo volviera a ser como antes. Aguantó una década más. Y, allá por 1906, resulta que el buen Manuel fue a enamorarse locamente de una mulata que trabajaba en la charqueada, a meterla en su cama día sí y día también y a entrar en una espiral en la que -la historia se repite- la criada pasó a ser la señora, y la señora la sirvienta.

Un día, mirándose al espejo, Josefa vio que su melena pelirroja empezaba a canear.  Fue aquella pequeñísima y frívola apreciación la que le hizo pensar en empezar de nuevo todo. Dejar las faldas de cola, las calesas y los tés a las orillas del Camaquã y volver a la montaña, a dejarse la espalda segando y sayando patates. Al día siguiente, sin dejar ningún aviso, lo empeñó todo. Los vestidos, las joyas, el anillo de casada. Recaudó, con todo, lo justo para tres billetes de vuelta a España: el de los hijos pequeños, Manuel y María, y el suyo. Viendo alejarse la costa del Brasil, por un momento, parecía que sus ojos se fundían con el océano y volvían, después de tantos años, a brillar.

Pero aquello era tan sólo un espejismo.

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